La paz como una oportunidad para modernizar la ganadería y enriquecer el campo

LA PAZ EDITORIAL RICARDOPor: Ricardo Sánchez Rondón.

Los Acuerdos de La Habana desatan agudas pugnas y polarizaciones entre los ganaderos, sus gremios, el gobierno y sectores de la opinión pública. En gran medida porque hay temores fundados sobre el futuro del sector, la propiedad y el uso de las tierras ganaderas. El anuncio de transformaciones sobre el campo donde los ganaderos poseen el 81% de la tierra productiva–30 millones de hectáreas, implica su participación en el debate. Pero además, los ganaderos fueron víctimas principales de la guerrilla durante cinco décadas, a través del abigeato, el desplazamiento forzoso, el secuestro y la extorsión. Como propietarios y como víctimas, los ganaderos deben participar en las decisiones sobre su futuro y el de la actividad que le da el sustenta a 500 mil familias. En este sentido es indispensable crear una nueva interlocución para convertir los acuerdos de La habana en la oportunidad para transformar y modernizar la ganadería colombiana, antes que se convierta en nueva fuente de conflictos que impidan la paz.

El primer paso es reconocer que la propiedad de la tierra está en el centro de la polémica por los procesos de restitución, los temores ante hipotéticas expropiaciones y las iniciativas para establecer altos gravámenes. De manera que la reacción natural del ganadero es salir a la defensa de su bien patrimonial y antagonizar con el gobierno y los verdugos del sector. Sin embargo, aun hay tiempo para incluir a los ganaderos en los diálogos para convertir los acuerdos de paz en la oportunidad para modernizar el sector. Una ocupación de 0.6 hectáreas por cabeza es muy ineficiente frente a las nuevas tecnologías y la demanda de tierra para producir otros alimentos con mayores eficiencias y mayor generación de empleo e ingresos tiene forma de resolverse con políticas acertadas.

Paradójicamente, el grueso de los ganaderos (un 60 por ciento), apenas ocupa un 10 por ciento del área ganadera. Una baja proporción de ganaderos son propietarios de grandes extensiones de tierras y de un alto porcentaje del inventario. ¿Cómo deberían los gremios representar intereses distintos a la defensa de la gran propiedad de la tierra, para atender a todos los ganaderos en este momento crucial, y no privilegiar una defensa eminentemente patrimonial?

Al mismo tiempo, en el nuevo debate que debe inaugurarse hay que pensar como otorgar la importancia que merecen las tierras dedicadas a la ganadería en las propuestas del postconflicto, dado que generan una quinta parte del PIB agropecuario y albergan a 500 mil familias, que se convierten en la base de la expansión de la actividad. La confrontación verbal y política no resuelve esta ecuación, que requiere análisis serenos en el que todas las partes participen con igualdad de derechos y los cambios en la política ganadera no surja de un acuerdo excluyente entre guerrilleros y gobierno.

Ese difícil dilema se resolvió de manera virtuosa en la historia colombiana, a través del desarrollo regional acompañado de transformaciones institucionales. En el caso del café, referente de primer orden para la ganadería por similitudes como su importancia en las regiones y por la vinculación de miles de productores de todos los tamaños, se abordaron disyuntivas semejantes que se resolvieron mediante innovaciones institucionales que activaron dinámicas regionales y contribuyeron a posicionar el café colombiano en el mundo.

La Ley 200 de 1936 cambió el estatus de muchos productores de café, al sacar a millares de campesinos de su condición de aparceros y arrendatarios de las grandes haciendas, para convertirlos en colonos libres y pequeños propietarios de tierra. Como consecuencia las formas anticuadas de producción se sustituyeron por otras más modernas en los procesos de trilla, venta libre de la fuerza laboral y activación del comercio de bienes de consumo, que estaba represado por deudas de los aparceros, todo con impactos negativos en la industrialización regional.

Nuevas fuentes de innovación institucional y de desarrollo regional para la ganadería bovina son necesarias en Colombia. La más evidente y notable es la recuperación de las regiones crónicamente afectadas por la violencia: el sur, oriente y noroccidente del país. Hoy el desbalance es evidente: el 76 % de la oferta de leche y el 50 % de la carne bovina procede de los departamentos menos afectados por el conflicto armado, localizados alrededor de las grandes metrópolis (Antioquia, Boyacá, Cundinamarca, Santander, Valle, eje central cafetero y norte del Caribe). El 67% del PIB pecuario se origina en este mismo entorno regional, que es el más seguro. Sin embargo, en estos departamentos solo el 40% de las tierras están incorporadas a la frontera agropecuaria.

En el extremo, se encuentran los departamentos restantes, afectados por la inseguridad, distantes de los ejes urbanos de desarrollo. Representan el 60% de la frontera agropecuaria productiva y la mitad del inventario ganadero. Pero son deficitarios en proteínas y registran altos índices de desnutrición asociados a la pobreza.

La ganadería tiene la opción de reinventarse desde las regiones y puede significar la renovación que genere (como en el caso cafetero) la movilidad socioeconómica de los pequeños ganaderos, la formalización de la propiedad, un acceso más amplio a la tierra y acceso a créditos y tecnología de punta. Nuevas instituciones para el uso de la tierra, como las ZIDRES pueden asociar empresarios y pequeños ganaderos. El desarrollo y difusión de la tecnología a partir del conocimiento empírico se debe plasmar en intensificación en el uso del suelo ganadero y liberación de tierras que podrían comercializarse a partir de una inmobiliaria de los ganaderos.

La consolidación de la producción en las regiones permitiría el surgimiento de clusters a partir de la ganadería, con activa participación de los productores como propietarios de otros eslabones distintos a la producción. Estos nuevos clusters estarían conectados con ciudades emergentes en el sur, oriente y nororiente del país e impactarían en los niveles de nutrición de la población.

La ganadería debe ser una fuente de producción e ingresos en el campo, apoyada en proyectos productivos supervisados por los comités y asociaciones ganaderas regionales. Lograrlo implica hacer cambios en las estructuras organizativas y gremiales ganaderas. Los comités regionales, por ejemplo, deben cualificarse para apoyar esos procesos y las organizaciones nacionales deben lograr una interlocución activa en las iniciativas de paz para abrirle paso a la incorporación productiva de este sector modernizado. Si la ganadería equipara la productividad de las regiones postconflicto con las más estables, podría duplicar el valor generado, incorporar nuevos áreas cultivadas que generen oportunidades para quienes las demandan. El que la ganadería actualmente haga uso del 81% de las tierras productivas merece otra mirada con miras a la paz y requiere una interlocución tranquila y sensata entre todas las partes interesadas.

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