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Entre la Debilidad y la Solidez de la Institucionalidad Ganadera.

cincoEn algunos sectores de la ganadería ha venido proliferando la percepción de estar frente a una división gremial e impulsan la consigna de mantenerse unidos. Asimilan la eventual unidad de los ganaderos como un indicio de fortaleza, y a la vez, interpretan una división en sus estructuras organizativas, que podría ser exógenamente inducida, como el debilitamiento de la institucionalidad ganadera.

No obstante, esta percepción tiene ingredientes de utopía a la vez que subestima lo que representa la institucionalidad ganadera en la actualidad.

Los elementos utópicos residen en pretender un imposible: la ganadería en Colombia involucra 450 mil productores, con tamaños micro, pequeños, medianos y grandes; casi la totalidad de los ecosistemas naturales (con excepción de las áreas naturales protegidas) y departamentos, tienen algún tipo de producción ganadera. La ganadería en Colombia se caracteriza por una gran variedad de razas, sistemas productivos y tecnologías. El país tiene más de 80 organizaciones ganaderas bovinas nacionales o regionales. Como ocurre con cualquier sistema productivo amplio y complejo, es un imposible pretender una “unidad de cuerpo”, antes que convergencia de propósitos.

Para el caso, los pequeños productores y micro-productores ganaderos en Colombia tradicionalmente se han sentido poco representados por la gremialidad y por las asociaciones ganaderas; otro tanto sucede con departamentos débilmente posicionados en el conjunto de la ganadería (es el caso del sur del país). Como ocurre con el café, universo igualmente complejo, los pequeños encuentran difícil hacer sentir su voz, pero a diferencia de la caficultura, los beneficios no irradian hasta las regiones para apoyar su desarrollo. Las regiones ganaderas de la Costa Caribe, por ejemplo, están entre las que tienen los índices más deplorables en desarrollo humano y calidad de vida, (de acuerdo con el DANE, la Costa Atlántica en el 2015 tenía un índice de pobreza multidimensional del 34,6% muy por encima del promedio nacional, de 21,9 %).

De otra parte, se subestima la institucionalidad ganadera cuando se le juzga debilitada a partir de una eventual división de orden asociativo y gremial. La solidez de la institucionalidad ganadera reside, más que en aspectos de la burocracia, en la solución práctica y eficaz del día a día: mantener la sanidad del ganado, garantizar su mercadeo, producir la leche en las mejores condiciones de calidad e higiene y venderla a precios razonables; cultivar y proveerse de agua e insumos; comercializar los ganados y seleccionar sus remplazos; conservar los mejores trabajadores, hacer trámites ante las entidades públicas y privadas y acordar acciones colectivas para enfrentar las contingencias del momento, como inundaciones o sequías y mantener la propiedad con las obligaciones que ésta significa. Todo ello obliga a hacer uso y ejercer los beneficios de la institucionalidad ganadera, la cual no solo está viva: goza de la vitalidad de un sector que logra abastecer al país de dos alimentos básicos.

Cuando en un pasado reciente, no hace más de quince años hubo situaciones de crisis, este día a día de la actividad ganadera se trastornó por los graves problemas de inseguridad y por la cooptación de grupos irregulares. Muchas fincas fueron abandonadas o debieron ser administradas por mayordomos incompetentes en condiciones socioeconómicas lamentables. La comercialización de tierras y ganados fue impregnada de influencias exógenas indeseables. El PIB pecuario llegó a su mínimo nivel. Pese a la recuperación del sector en la última década, es cierto que urgen drásticas modificaciones en la institucionalidad ganadera.

Apremia, más aún frente a un escenario postconflicto, reestructurar: 1. El vínculo de la ganadería con lo regional; 2. El papel del Estado frente a la ganadería; 3. El ámbito de acción privado de la ganadería y 4. El carácter de la interlocución público-privada. En el ámbito regional, basta con mencionar que menos de un 40 por ciento de la manufactura bovina se procesa en las zonas de producción, y que menos de la mitad del precio que paga el consumidor por los productos pecuarios irradia hasta las regiones productoras. En cuanto al Estado, su intervención todavía es débil en funciones que le son indelegables, como la provisión de bienes públicos: los precios de algunos insumos básicos alcanzan incrementos injustificados, que superan hasta 3 veces la inflación; los mecanismos de arbitraje en la calidad y precios de la carne y de la leche así como de los insumos pecuarios, son todavía insuficientes. El alcance del crédito de fomento es muy restringido. Los servicios que garantizan la estabilidad y la seguridad, como la justicia en el ámbito rural, se caracterizan por su precariedad.

El sector privado ganadero y sus entes representativos, antes que invadir y ejercer las funciones que no le corresponden, debe concentrarse en donde está su fortaleza, con sus consiguientes desafíos: por ejemplo, producir de manera sostenible e intensiva en tierras subutilizadas, con tecnologías e infraestructura que alienten la movilidad socioeconómica, o abastecer la demanda bajo los condicionamientos del cambio climático. Más allá de la órbita de la producción, es necesario fomentar la articulación gana-gana con otros eslabones que procesan y comercializan, a fin de recuperar un mercado interno invadido desde hace más de una década por carnes y productos lácteos foráneos.

La interlocución público-privada, con apoyo del Fondo de Microfinanzas Rurales, podría emular el ejemplo del sector cafetero, que logró amplificar con respaldo del Estado, las inversiones en las regiones para dotarlas de una infraestructura que elevó la calidad de vida y con ellas, la de todo el país. En un escenario post-conflicto, urge clarificar los derechos de propiedad de las tierras y la seguridad de las inversiones en el área de influencia ganadera. Una clarificación contundente, junto con garantías de seguridad para las regiones ganaderas considerando el establecimiento posible, de áreas de concentración de los guerrilleros que se reincorporen al Estado de derecho, sería la base de una interlocución fructífera entre los ganaderos y el Gobierno nacional.

ANEXOS

Grafico 1

ENTRE LA DEBILIDAD Y LA SOLIDEZ DE LA INSTITUCIONALIDAD GANADERA

Por: Ricardo Sánchez R.

En algunos sectores de la ganadería ha venido proliferando la percepción de estar frente a una división gremial e impulsan la consigna de mantenerse unidos. Asimilan la eventual unidad de los ganaderos como un indicio de fortaleza, y a la vez, interpretan una división en sus estructuras organizativas, que podría ser exógenamente inducida, como el debilitamiento de la institucionalidad ganadera.

No obstante, esta percepción tiene ingredientes de utopía a la vez que subestima lo que representa la institucionalidad ganadera en la actualidad. Los elementos utópicos residen en pretender un imposible: la ganadería en Colombia involucra 450 mil productores, con tamaños micro, pequeños, medianos y grandes; casi la totalidad de los ecosistemas naturales (con excepción de las áreas naturales protegidas) y departamentos, tienen algún tipo de producción ganadera. La ganadería en Colombia se caracteriza por una gran variedad de razas, sistemas productivos y tecnologías. El país tiene más de 80 organizaciones ganaderas bovinas nacionales o regionales. Como ocurre con cualquier sistema productivo amplio y complejo, es un imposible pretender una “unidad de cuerpo”, antes que convergencia de propósitos.

Para el caso, los pequeños productores y micro-productores ganaderos en Colombia tradicionalmente se han sentido poco representados por la gremialidad y por las asociaciones ganaderas; otro tanto sucede con departamentos débilmente posicionados en el conjunto de la ganadería (es el caso del sur del país). Como ocurre con el café, universo igualmente complejo, los pequeños encuentran difícil hacer sentir su voz, pero a diferencia de la caficultura, los beneficios no irradian hasta las regiones para apoyar su desarrollo. Las regiones ganaderas de la Costa Caribe, por ejemplo, están entre las que tienen los índices más deplorables en desarrollo humano y calidad de vida, (de acuerdo con el DANE, la Costa Atlántica en el 2015 tenía un índice de pobreza multidimensional del 34,6% muy por encima del promedio nacional, de 21,9 %).

De otra parte, se subestima la institucionalidad ganadera cuando se le juzga debilitada a partir de una eventual división de orden asociativo y gremial. La solidez de la institucionalidad ganadera reside, más que en aspectos de la burocracia, en la solución práctica y eficaz del día a día: mantener la sanidad del ganado, garantizar su mercadeo, producir la leche en las mejores condiciones de calidad e higiene y venderla a precios razonables; cultivar y proveerse de agua e insumos; comercializar los ganados y seleccionar sus remplazos; conservar los mejores trabajadores, hacer trámites ante las entidades públicas y privadas y acordar acciones colectivas para enfrentar las contingencias del momento, como inundaciones o sequías y mantener la propiedad con las obligaciones que ésta significa. Todo ello obliga a hacer uso y ejercer los beneficios de la institucionalidad ganadera, la cual no solo está viva: goza de la vitalidad de un sector que logra abastecer al país de dos alimentos básicos.

Cuando en un pasado reciente, no hace más de quince años hubo situaciones de crisis, este día a día de la actividad ganadera se trastornó por los graves problemas de inseguridad y por la cooptación de grupos irregulares. Muchas fincas fueron abandonadas o debieron ser administradas por mayordomos incompetentes en condiciones socioeconómicas lamentables. La comercialización de tierras y ganados fue impregnada de influencias exógenas indeseables. El PIB pecuario llegó a su mínimo nivel. Pese a la recuperación del sector en la última década, es cierto que urgen drásticas modificaciones en la institucionalidad ganadera.

Apremia, más aún frente a un escenario postconflicto, reestructurar: 1. El vínculo de la ganadería con lo regional; 2. El papel del Estado frente a la ganadería; 3. El ámbito de acción privado de la ganadería y 4. El carácter de la interlocución público-privada. En el ámbito regional, basta con mencionar que menos de un 40 por ciento de la manufactura bovina se procesa en las zonas de producción, y que menos de la mitad del precio que paga el consumidor por los productos pecuarios irradia hasta las regiones productoras. En cuanto al Estado, su intervención todavía es débil en funciones que le son indelegables, como la provisión de bienes públicos: los precios de algunos insumos básicos alcanzan incrementos injustificados, que superan hasta 3 veces la inflación; los mecanismos de arbitraje en la calidad y precios de la carne y de la leche así como de los insumos pecuarios, son todavía insuficientes. El alcance del crédito de fomento es muy restringido. Los servicios que garantizan la estabilidad y la seguridad, como la justicia en el ámbito rural, se caracterizan por su precariedad.

El sector privado ganadero y sus entes representativos, antes que invadir y ejercer las funciones que no le corresponden, debe concentrarse en donde está su fortaleza, con sus consiguientes desafíos: por ejemplo, producir de manera sostenible e intensiva en tierras subutilizadas, con tecnologías e infraestructura que alienten la movilidad socioeconómica, o abastecer la demanda bajo los condicionamientos del cambio climático. Más allá de la órbita de la producción, es necesario fomentar la articulación gana-gana con otros eslabones que procesan y comercializan, a fin de recuperar un mercado interno invadido desde hace más de una década por carnes y productos lácteos foráneos.

La interlocución público-privada, con apoyo del Fondo de Microfinanzas Rurales, podría emular el ejemplo del sector cafetero, que logró amplificar con respaldo del Estado, las inversiones en las regiones para dotarlas de una infraestructura que elevó la calidad de vida y con ellas, la de todo el país. En un escenario post-conflicto, urge clarificar los derechos de propiedad de las tierras y la seguridad de las inversiones en el área de influencia ganadera. Una clarificación contundente, junto con garantías de seguridad para las regiones ganaderas considerando el establecimiento posible, de áreas de concentración de los guerrilleros que se reincorporen al Estado de derecho, sería la base de una interlocución fructífera entre los ganaderos y el Gobierno nacional.

ANEXOS

Grafico 1

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